Si estás sano, póntela
Ante la dificultad de saber quién es un portador sano, mascarilla para todos
(Javier Sampedro, El País)
Una de las diferencias notables entre el actual coronavirus,
SARS-CoV-2, y otras infecciones respiratorias es el papel de las
personas asintomáticas. Los virus respiratorios, nos dice el saber
recibido, se suelen contagiar a través de gotículas que emiten las
personas enfermas al toser y estornudar, y aislar a los enfermos era
hasta ahora la medida esencial para controlar su propagación. Con el
nuevo coronavirus, sin embargo, una gran proporción de los contagios
proviene de personas que portan el virus, sí, pero ni se enteran de
ello. Estos no suelen toser ni estornudar, pero sí hablar y respirar, lo
que emite aerosoles. De ahí la importancia de adoptar, durante las
fases de desescalada, el uso generalizado de mascarillas para reducir la
transmisión de aerosoles de todo el mundo, puesto que no sabemos
quiénes son esos portadores asintomáticos. Ni lo sabremos mientras no
hagamos muchos más test.
La
diferencia entre una gotícula y un aerosol es solo de tamaño. Imagina
un milímetro. Lo has visto muchas veces en las reglas, los metros de
costura y los calendarios de bolsillo. Ahora divídelo por mil. Eso es
una micra, o milésima de milímetro. Por encima de cinco micras hablamos
de gotículas, y por debajo de aerosoles (el coronavirus mide 0,1
micras). Las gotículas se caen al suelo o sobre las superficies
enseguida, pero los aerosoles no. Se acumulan en el aire, mantienen su
infectividad durante horas en los espacios cerrados y, para colmo, se
inhalan con facilidad hasta el fondo de los pulmones. También viajan con
el viento. Una verdadera gracia.
Kimberly Prather y sus colegas de California y Taiwán muestran en Science que
el tamaño de las partículas (gotículas o aerosoles) afecta también a la
gravedad de la enfermedad respiratoria. Se sabe que el virus de la
gripe, por ejemplo, prefiere viajar en los aerosoles más minúsculos
(menores de una micra), y que eso conduce a una gripe más grave. Montado
en esas partículas, el virus puede penetrar directamente hasta los
alveolos pulmonares, que son bastante malos y lentos en su reacción
defensiva. Lo mismo puede ocurrir con el SARS-CoV-2 en la faringe y los
pulmones, a menudo sin causar síntomas durante un largo periodo, y
convirtiendo así a la persona en un contagiador asintomático. En Wuhan,
el foco de la pandemia, se calcula que los contagiadores asintomáticos, o
al menos no diagnosticados, dieron cuenta del 79% de la trasmisión
durante el crecimiento exponencial de la crisis.
La
mayoría de los países, dicen Prather y sus colegas, no han reconocido
aún la importancia de la trasmisión por aerosoles, o “por el aire”, como
se suele decir sin mucha precisión. Pero este tipo de contagio tuvo un
papel notable en el SARS de 2003 (técnicamente, el SARS-CoV-1), y hay
indicios de que también lo está teniendo con su secuela el SARS-CoV-2.
Ya no hablamos de un enfermo tosiendo, sino de una persona sana
hablando. Si estás sano, ponte la mascarilla.